Gracias a la tecnología, podemos ver las imágenes de los lugares más recónditos del mundo (y crear un mapa del mundo entre todos), escuchar los sonidos de todo el planeta (incluso consiguiendo que las personas sordas puedan volver a oír) y, últimamente, las máquinas también pueden comprender cómo nos sentimos.
Pero, ¿qué sabe la tecnología del aroma del café que desayunamos, del
aire fresco que entra por nuestra ventana por la mañana, del hedor de
una alcantarilla o de nuestro propio perfume corporal?
"El olor está formado por aquellas moléculas que son volátiles, que se
pueden evaporar a temperatura ambiente", explica Gonzalo Bailador,
investigador de la Universidad Politécnica de Madrid en el Centro de Domótica Integral,
"y si los perros pueden ya identificar a las personas o detectar bombas
a través del olor, ¿por qué nosotros no podemos hacerlo con máquinas?"
Pero, ¿cómo nuestro olor puede convertirse en información que pueda ser
analizada y que nos identifique? Se consigue a través de dos sistemas: espectrometría de masas y análisis diferencial de movilidad. Vayamos por partes.
La primera tarea es la de pasar el olor físico a datos. De eso se ha encargado SEADM. "Usamos un 'desorbedor' de manos, es decir, un sistema que libera los volátiles de la mano", nos explica Arturo Álvaro.
Después, un espectrómetro de masas comercial analiza los datos.Puede llegar a analizar 10.000 masas de moléculas, " las moléculas se introducen en el equipo y son ionizadas.
Somos capaces de ver una señal en la masa correspondiente a cada
molécula", nos explica Arturo Álvaro, investigador de la compañía.
Los resultados de la investigación fueron positivos: comprobaron que podían identificar a cada persona por su olor con una tasa de acierto del 85%.
¿Y para qué podría utilizarse? El objetivo sería emplear esta técnica
como sistema de reconocimiento en los aeropuertos, según nos explica el
investigador, que añade que es una tecnología que todavía está en
pañales. "Aunque la huella dactilar tiene mucha seguridad, sí hemos
descubierto que es difícil engañar con el olor, ya que hay unos patrones
que se mantienen constantes".
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viernes, 14 de noviembre de 2014
jueves, 30 de octubre de 2014
HECES = DINERO
Si alguna vez se ha preguntado qué le sucede a las heces cuando tira de
la cadena, la respuesta es sencilla: se convierten en dinero. Las aguas
fecales de las grandes ciudades, una vez tratadas, acaban en grandes
contenedores donde caben millones de litros. Allí, un ejército de
bacterias que trabajan en ausencia de oxígeno se encarga de transformar
la materia orgánica en biogás. Este combustible contiene metano y
dióxido de carbono y sirve para iluminar hogares o calentarlos en
invierno.
Si alguna vez se ha preguntado qué le sucede a las heces cuando tira de la cadena, la respuesta es sencilla: se convierten en dinero. Las aguas fecales de las grandes ciudades, una vez tratadas, acaban en grandes contenedores donde caben millones de litros. Allí, un ejército de bacterias que trabajan en ausencia de oxígeno se encarga de transformar la materia orgánica en biogás. Este combustible contiene metano y dióxido de carbono y sirve para iluminar hogares o calentarlos en invierno.
Un equipo de investigadores de Barcelona ha conseguido obtener el triple de gas de la misma cantidad de residuos, gracias al uso de nanopartículas de hierro. El problema de los actuales métodos de producción es que sólo se convierte en gas el 30% de la materia orgánica. Si se añaden las nanopartículas a la mezcla, en cambio, la efectividad aumenta un 200%.
El objetivo es conseguir que, a escala industrial, el coste del material sea lo suficientemente rentable como para que el biogás pueda competir con el natural. “Nuestros cálculos apuntan a que conseguiremos producir biogás con un margen de beneficio del 10%, sin contar las mejoras medioambientales del proceso”, explica Puntes.
Si alguna vez se ha preguntado qué le sucede a las heces cuando tira de la cadena, la respuesta es sencilla: se convierten en dinero. Las aguas fecales de las grandes ciudades, una vez tratadas, acaban en grandes contenedores donde caben millones de litros. Allí, un ejército de bacterias que trabajan en ausencia de oxígeno se encarga de transformar la materia orgánica en biogás. Este combustible contiene metano y dióxido de carbono y sirve para iluminar hogares o calentarlos en invierno.
Un equipo de investigadores de Barcelona ha conseguido obtener el triple de gas de la misma cantidad de residuos, gracias al uso de nanopartículas de hierro. El problema de los actuales métodos de producción es que sólo se convierte en gas el 30% de la materia orgánica. Si se añaden las nanopartículas a la mezcla, en cambio, la efectividad aumenta un 200%.
El objetivo es conseguir que, a escala industrial, el coste del material sea lo suficientemente rentable como para que el biogás pueda competir con el natural. “Nuestros cálculos apuntan a que conseguiremos producir biogás con un margen de beneficio del 10%, sin contar las mejoras medioambientales del proceso”, explica Puntes.
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